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muerte(s)… propia(s) (o impropias)

Esta mañana -como cada mañana de los últimos tiempos, apenas logro levantarme, apenas logro vencer el sueño… Son esos instantes en que la pasividad de permanecer yaciente se impone activamente, en que el límite entre la vigilia y el  sueño apenas se distinguen, predominando la pesadez de una mente sin contenidos definibles y el cuerpo con una mezcla de sensaciones confundidas [¿fue real, lo soñé, estoy soñando?]-.
 
     [Caída a la “realidad”]      ¡Ya es tarde!!
Esta mañana, decía, en la continuidad de ese estado que visto desde afuera puede resultar penoso -no así para quien halla cierto placer en la indistinción y confusión de los habituales límites-, estaba pensando en la muerte:
     ¿Qué pasaría si todas las personas, más allá de las que son significativas, todas las que conozco mueren?
     ¿Acaso ello no es lo mismo que morir? …Cabría preguntarse qué sentido tendría vivir, prolongar la existencia, vacuidad de vacuidades.
     Entonces, ¿es preferible morir antes que el otro?
     Y, pensaba, somnolientamente, confusamente, que sería muy egoísta. Quizá, quienes ya han partido tuvieron el paradójico consuelo de no ver morir a los que le rodeaban… 
Aún cuando no encontrar más a nadie sea peor que irse y despedirse de todos, este vivir entre tantas incertezas, desconociéndolo todo de aquel instante, y con la sola certeza que llegará, no deja de enfrentarnos, una vez más, con nuestra soledad, compañera de este incierto viaje, que no nos abandona jamás.
Y sí, compartir la soledad es también dejar que nuestros pasos se pierdan en otras huellas que las propias, es hacer de un entramado de la propia historia, confundiendo lo propio de lo otro, en una confusión respetuosa y que valora al otro como inapropiable…
Y sí, la muerte del otro, es también la propia muerte..
mæ – 13/02/06

huellas perdidas (apuntes II)

En mi último día de mar, me conmovió mucho ver cómo mis huellas, la marca de mi paso grabada en la arena, se borraban tan fácilmente por las caricias del mar al pasar. Así han de ser mis pasos en la historias que fui encontrando, con quienes entrecruzamos pasos e instantes.
Mientras caminaba por la orilla donde el mar dejaba su espumante huella al acariciar la arena y penetrarla, encontré varios animales muertos. Curiosamente he viajado al lugar donde los lobos marinos escogen para morir, o mejor, donde mueren. Aparecieron ante mis pasos dos cadáveres de lobos marinos, ya atravesados por el paso del tiempo, en descomposición. También encontré un cangrejo y un pez, ambos muertos.
Ni los que se arrastran por el suelo -como el lobo marino-, viven -ni sobreviven- en la región, ni quienes poseen suficiente movilidad y habilidad para maniobrar y defenderse, que tienen dura caparazón y hasta temerosa apariencia -como el cangrejo-. Y tampoco, quienes nunca han salido de su medio de subsistencia, que no soportan el impacto del afuera -el pez-.
Me desanima un poco reconocer que las conchillas estaban vivas [¿qué vivir ha de ser el encierro ensimismado, el vivir siempre encerrado?]… ellas, que subsisten entre rígidas paredes… sin embargo, antes que vivir, creo que sobreviven, a su modo.
Por el contrario, parece que las gaviotas saben vivir y conservar la altura, sin perder el contacto con la tierra, y sin dejar de volar.
Y los grillos (invadieron con su canto toda la estadía) viven cantando y saltando, seguramente cantarán también en sus angustias y tristezas las más bellas melodías, cantarán para no morir, o para morir cantando.
Y yo, solitaria en medio de extraños, en tierras desconocidas, sigo escribiendo, para no morir, al menos, mientras lo hago.
mæ – 17/01/2006, en Montevideo, Uruguay

fin de un año errado…

¡Al fin! …-aclamación no acompañada de algún sentimiento de alivio, como parece-.
   Se aproxima el fin de este año errado -que me mantuvo involuntariamente errante-, el simbólico -y necesario- fin, ficción de un nuevo comienzo…
Es necesario acabar, para no desesperar.
   Y sí, es -será- para cada uno un nuevo comienzo, depositario de esperanzas, de deseos renovados, de aire renovado.
Aire es lo que necesito en estos días… me ahogo… muero de frío… muero… daría mi vida por una bocanada de aire renovado –prefiero morir con una última porción de aire renovado, que vivir agonizando en esta densa atmósfera-.
   Vivir así, no es vivir.
 
   Así llego a fin de año: con los sentimientos y con los pasos algo confundidos por el cansancio, agotados, agobiados. Pero cuidado: es muy distinto estar cansado que arrastrar los pasos. Arrastrarlos no.
En un vistazo hacia atrás, veo mis huellas -a veces ligeras, a veces, con profundas marcas- y creo que han sido demasiados obstáculos para una simple aprendiz. Es innegable, por otra parte, que los golpes, las caídas, los tropiezos, me han sensibilizado, y luego robustecieron mi espíritu [en otra perspectiva, también diría que son durezas del alma].  
En el camino recorrido predomina el desierto, la aridez y sequedad… la intensidad pesa un poco, y sólo el tiempo alivianará un poco el dolor de lo que ya no es, ni volverá a ser. 
Pero sería injusta si no cuento en mi haber las invalorables e incalculables huellas que se han entrecruzado con las mías, los encuentros con otros caminantes, los pasos compartidos, soledades encontradas, instantes irrepetibles, como irrepetibles sois cada uno. He aquí mi gran tesoro.
 
   Y ahora, cercano el nuevo año, vuelvo hacer mi apuesta y la redoblo, en la magia única de cada jugada, y en la magia única de cada jugador.
 
Ya vendrá algún tiempo de lluvia, que haga revivir y renovar mi sequedad. Necesito nuevos retoños. He de seguir caminando y recorriendo nuevas tierras, en esta búsqueda.
 
mæ – 25/12/2005