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Sobre el significado de “compañero”

“Una luz ha aparecido en mi horizonte: compañeros de viaje necesito”

F. Nietzche, “Así habló Zaratustra”

Mientras mis pasos se perdían entre pensamientos sueltos y caminantes presurosos, pensaba sobre el significado de la palabra “compañero”: compañero de trabajo, compañero de cursada, compañero de baile, compañero de viaje, compañero de ruta, compañero de la vida…

Caminantes
Foto por Meli Watanabe

La palabra “compañero” me evoca caminos encontrados… o pensándolo mejor, a pasos que se encuentran en un mismo camino, huellas que se verán una al lado de la otra… y nunca una delante de otra.

…es recorrer este mismo camino -no es que haya un único camino: los compañeros serán quienes compartan el camino elegido-, es andar y desandar el trayecto cuando sea necesario, es desvivirse a cada paso y en cada latido… porque tal vez, aunque las metas sean diferentes, lo vivido quedará guardado en el corazón… Como dijera Cesare Pavese: “No se recuerdan los días, se recuerdan los momentos”.

La historia de mi vida podría leerse a la luz de la creencia de que “no hay camino, se hace camino al andar“… por ello, podremos vacilar y cambiar de rumbo mientras transitemos este mundo. Y porque la vida misma se nos va en cada paso, hay que arriesgar, sobre todo arriesgarse a perder, la única manera de encontrarse y ganar(se)… he allí su valor imponderable…

Un compañero… es compartir la suma de instantes de este gran viaje de la vida que en ocasiones tendrá sus obstáculos, sus vertientes, sus cargas -más o menos pesadas-, sus deslizadas y caídas… y también sus juegos, sus complicidades, sus sonrisas, sus fugacidades de luz que harán más ligero el camino…

Compañeros de viaje, caminantes de esta vida, celebro nuestro azaroso encuentro y valoro inmensamente contar con sus pasos a mi lado… gracias a la mano de la vida por encontrar tras cada rostro una historia única… un hermoso tesoro…

atardece en la ciudad

atardecer by melisawatanabe
atardecer, a photo by melisawatanabe on Flickr.

atardece en una ciudad gris.. cubierta por nubes…
tal vez hoy no vea que allá, a lo lejos, hay alguna tímida luz que se asoma…
tal vez haya que caminar. o incluso volar.
tal vez haya mucho que recorrer…
seguiré caminando y soñando…

Desmenuzando “Jactancia de quietud”

Jactancia de quietud – extraído de  http://anidabar.wordpress.com/

Este fragmento de texto me disparó reflexiones de las más variadas (o no, en realidad es lo mismo dicho de varias maneras). Las comparto…

“Escrituras de luz embisten la sombra” …así se me presentan las palabras de cada caminante que -en la misma sintonía- se cruza en mi andar…

“Seguro de mi vida y de mi muerte”… camino vacilando de todo, permitiéndome dudar de todo, dudar para confirmar, dudar para intentar no caer en el acostumbramiento, aun de amar, aun de los sentimientos más sinceros… mi andar es el de una aprendiz que camina, una aprendiz peregrinante, que nada sabe, o que “solo sabe que no sabe nada”, y sin embargo, hay algo más que sé: que vivo y que moriré, que vivo y que mientras lo hago estoy muriendo a la vez…

“El tiempo está viviéndome”, el tiempo está muriéndome, el tiempo está matándome, reviviéndome… es inevitable que yo esté desviviéndome por vivir, viviendo para desvivirme, y así… un carrusel de vidas y muertes que se suceden, que me suceden…

“Mi nombre es alguien y cualquiera”, pues soy una persona más del millón de millones de millones y trillones de personas… todos somos uno más y sin embargo, todos somos más que uno, porque de entre esos miles de millones somos todos diferentes, muy diferentes, cada uno es un mundo, increíble es poco… cada uno es muy valioso, si viviéramos con esta convicción todo sería muy distinto…

“Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar”. Y es que al saber que es el camino nuestra vida, me desvivo por vivir lentamente, por desmenuzar ese andar que es nuestra vida, por disfrutar cada segundo, cada milisegundo, ya que es único e irrepetible… y trato, aunque corro mucho por la vida, porque no espero llegar a ninguna parte, solo disfrutar este andar… ya que:

caminante, no hay camino, que se hace camino al andar…

Hojarasca

Hojarasca

termina agosto y por estos lares hay hojarasca por doquier… montones de sentimientos se acumulan en la superficie impidiendo un sentir pleno… ¿remangarse y limpiar las hojas secas? sí, aunque también el pasado, lo vivido, forma parte innegable de nuestro presente, no somos otra cosa sino el entramado de caminos y de pasos que se cruzan en nuestro andar, que se detienen más o menos tiempo. imposible simplemente arrojar lo pasado y comenzar desde un cero inexistente.

¿dejar que las hojas abonen la tierra? sí, aunque conviene detenerse y seleccionar qué hojas deseamos conservar vivas, qué hojas nos alimentan y cuáles simplemente estorban o dañan…

sólo fue un instante que me detuve a pensar. la hojarasca me moviliza, me llama, me atrae…

caminante no hay camino, se hace camino al andar…

(pic by me)

cielos mágicos

cielos surreales

cuando mis ojos se encontraron con este cielo, que permaneció instantes fugaces, pero llenos de magia, una gran admiración nació en mí, un sentimiento de grandeza que nacía de mi pequeña interioridad… me detuve a contemplar…
son los instantes sublimes que este andar nos regala gratuitamente…
a veces corremos, cual si nuestro andar fuera una carrera sin sentido…. y ese andar furioso nos impide tomarnos unos instantes para contemplar la belleza admirable que nos rodea en cada rincón…

(cielo del 23 de julio de 2012) (pic by me)

Hanami: los cerezos en flor y la fugacidad de la vida

Publicado en: Urbanikkei. La revista de la cultura japonesa en la Argentina, Año 12, 2011, Número 127. R. N. P. I. en trámite, Buenos Aires.

El cine se caracteriza por ofrecer una mirada diferente, poética, donde films en ocasiones nos estremecen el alma. En esta nota se busca rescatar la belleza en lo efímero de la vida, fugacidad también presente en las diferencias entre padres e hijos, los encuentros y desencuentros familiares.

Se ofrece aquí una nueva mirada sobre las películas: Tōkyō Monogatari(東京物語)” (1953) de Yasujiro Ozu y “Kirschblüten – Hanami (traducida como Cerezos en flor)” (2008) de Doris Dörrie. Ellas nos ofrecen a la vez, la admiración por lo transitorio y la aceptación de nuevos comienzos.

 

“Nunca es tarde para cumplir un sueño

y empezar a vivir”

Hanami es una festividad que se celebra en Japón, al terminar el invierno y comenzar la primavera. Se celebra y contempla la flor del Sakura, símbolo del país. El rasgo más sobresaliente de la flor del cerezo es que tiene una vida muy fugaz, de tan solo unos pocos días. Sin embargo, su floración, consistente en miles de pequeñas flores de color rosáceo y blanco, invaden y embellecen todo alrededor. Esas pequeñas flores portan una doble delicadeza: su corta duración y su finura.

De ahí que Hanami se asocia a dos significados: por un lado, el final de los tiempos difíciles del invierno y el florecer de una nueva vida con la primavera; y por otro, la fugacidad de la vida, el contemplar su belleza mientras dura… puesto que pronto desaparecerá de nuestra mirada, como el cerezo en flor.

En este contexto es que cobra especial significado la película “Cerezos en flor”, una versión libre de “Tōkyō Monogatari”. Nos sumerge en la soledad de los padres cuando ya no quedan hijos en el hogar. En ambas películas los padres viajan y visitan a sus hijos en sus casas. Allí veremos las diferentes percepciones del tiempo que tienen los padres y los hijos… las diferencias generacionales saldrán a luz tanto en sus hijos como en sus nietos: las nuevas generaciones “no tienen tiempo” para atender a sus padres. La historia de los padres, visitando a sus hijos, nos muestra cómo los padres y los hijos se redescubren, reconociendo que ya no se conocen, ya ninguno es lo que era.

En “Cerezos en flor”, la rutina es lo que llena el vacío hogareño del esposo, Rudi. Su mujer, Trudi, es una apasionada de la danza Butoh. En esta danza se redescubre, con esta danza ella puede ser libre, danzar con su sombra: su otra desconocida para sí misma. Como lo dirá Yu –un personaje entrañable, una niña huérfana que a través de la danza Butoh, dialoga  con su madre muerta-: el Butoh le permitirá danzar con las sombras, los muertos y los vivos, le permitirá sentir el viento y sentir su sonido, como si fuera el susurro de las sombras… Es una danza que en el film ‘casualmente’ trascurre en un parque colmado de florecillas de Sakura, la flor que nos recuerda la fugacidad de la vida.

Trudi, por amor a su esposo -quien se avergüenza por la danza de su mujer-, renuncia a su pasión: el Butoh, y sin saberlo, renuncia a su vida, aceptando vivir en el encierro hogareño…El poema que ella escribe a “la mosca”, a su “efímera existencia de un día”, da a entender que ella vive la vida consciente que es apenas un instante…

Abismo intergeneracional

El abismo entre las generaciones es un tema latente en ambas películas. En  “Cerezos en flor” al llegar los abuelos a la casa de una de sus hijas, vemos a los niños ensimismados, con un videojuego portátil cada uno. En el primer encuentro después de largos años de no verse abuelos, padres e hijos, notamos que los personajes no tienen tema de conversación. Hay un vacío entre sus vidas. Cada uno en su interior sabe que ni sus hijos son sus hijos, ni sus padres son lo que eran. El tiempo ha acontecido en cada uno, cambiándolos, haciéndose desconocidos unos a otros. Son los nuevos tiempos “modernos” los que alejan a los hijos de sus padres. Es la actitud de andar por la vida corriendola, como si fuera una alocada carrera, la que aleja a los hijos de sus padres. Hay una crisis de valores en los hijos, que los distancia abismalmente de sus padres. Y el cerezo en flor nos hace pensar ¿correr tanto para qué?. De allí que hay que aprender de la actitud de los padres, que se detienen a contemplar en cada hijo y en cada ser que lo rodea, a una flor que se desvanecerá.

En “Tōkyō Monogatari”, cuando la abuela pide dar un paseo con el más pequeño, tras andar un rato, le pregunta: “¿qué quieres ser cuando seas grande?” Y sin que el niño responda, ella agrega pensativa: “¿dónde estaré yo cuando tú seas grande…?”.

Hanami: La fugacidad de la vida… y la muerte.

Un aspecto que en ambos films aparece también, es el comentario de los hijos ante la muerte de uno de sus padres: “Qué rápido pasa la vida…”. Si recordamos que en ambas películas, todos los hijos sin excepción se quejaron de la abrupta visita de sus padres, dado que todos “estaban muy ocupados y sin tiempo para estar con ellos”; tras la muerte y como arrepentidos del poco tiempo dedicado a sus padres en su visita, el otro comentario ha sido: “Si hubiéramos sabido que moriría… le hubiéramos dedicado más tiempo”. Cada uno de sus hijos ha estado, en distintos grados, sumido en su propio egoísmo. Ninguno de ellos ha dejado su rutina, su trabajo, su “comodidad”, para escuchar  y dar lugar en sus vidas a sus padres.

Paradójicamente,  ha sido un extraño a la familia quien los ha acogido de buen  gusto. En “Tōkyō Monogatari” ha sido la nuera quien se ofrece para llevar a pasear a los padres de su difunto esposo, pidiendo el día en el trabajo, y no sólo eso: sabiendo que le descontarán el día en su sueldo. Ella los lleva y los recibe en su casa con placer, disfrutando de su compañía. Y será el mejor recuerdo, la mejor compañía y la mejor estadía que reconozcan sus padres.

En “Cerezos en Flor”, también es la nuera quien los llevará a pasear y recorrer la ciudad, puesto que las ocupaciones de uno de sus hijos, aun tras prometerlo, lo excusarán. Y, extrañamente, la propia hija recibe a sus padres con bastante hostilidad, decidiendo éstos partir aún en tierras y lugares desconocidos.

Los hijos no tuvieron la capacidad de hacer una pausa, de salir de su cotidianidad, para recibir y contemplar en sus padres, la flor del Sakura.

Por si fuera poco, en ambos films aparece un hijo que vive más lejos. Estos hijos, cuyo grado de egoísmo en sus propias ocupaciones, en su propia vida, en ningún caso se encontrarán con sus padres mientras viven, y sólo podrán llegar al velatorio. Ellos se quebrarán en llantos, reconociendo que ya es demasiado tarde. No supieron valorar a sus padres mientras vivían. No supieron ver en sus padres, y en sus propias vidas, la flor del cerezo, que sólo embellece nuestros días por este mundo fugazmente.

Estos films nos recuerdan una vez más que hay que saber escuchar a los padres, saber apreciar su efímera existencia, aprender de la flor del Sakura a valorar cada vida como única e irrepetible, contemplando su belleza y su sabiduría mientras duran. Y nos recuerdan, como decía el tráiler del film “Cerezos en flor”: “Nunca es tarde para cumplir un sueño y empezar a vivir” con esta nueva actitud ante la vida.

Más información – Fichas técnicas

CEREZOS EN FLOR
(Kirschblüten – Hanami)

Dirección y guión: Doris Dörrie.
Países:
Alemania y Francia.
Año: 2008.
Duración: 127 min.
Género: Drama.
Actores: Elmar Wepper (Rudi), Hannelore Elsner (Trudi), Aya Irizuki (Yu), Nadja Uhl (Franzi), Maximilian Brückner (Karl), Birgit Minichmayr (Karolin), Floriane Daniel (Emma), Felix Eitner (Klaus).
Producción: Molly Von Fürstenberg y Harald Kügler.
Música: Claus Bantzer.
Fotografía:
Hanno Lentz.
Montaje: Inez Regnier y Frank Müller.
Diseño de producción: Bele Schneider.
Vestuario:Sabine Greunig.

Tōkyō Monogatari (東京物語)

País(es): Japón

Año: 1953

Género: Drama

Duración: 136 minutos

Idioma(s): japonés

 

Dirección: Yasujirō Ozu

Producción: Takeshi Yamamoto

Guion: Yasujirō Ozu – Kōgo Noda

Música: Kojun Saitō

Fotografía: Yuharu Atsuta

Actores: Chishu Ryu

Chieko Higashiyama

Setsuko Hara

Haruko Sugimura

Huellas com-partidas

Casi sin darme cuenta, ha transcurrido ya un año desde mi salida al otro lado de la orilla del Río de la Plata…
Mirando hacia atrás, veo mi par de huellas errantes, solitarias, vacilantes… dicho en otras palabras, me veo a mí misma, me veo como soy.
Y a partir de ese regreso, en este año recorrido -con mis mismos siempre indeterminados y errados pasos que se lanzan a andar- contemplo con gran placer los pasos de los caminantes que han salido a mi encuentro, o a quienes he salido yo a su encuentro. O mejor, a quienes el camino de la vida y de los instantes encontrados y también desencontrados ha reunido en un mágico instante.
Este año he encontrado -y reecontrado, desde luego- caminantes muy valiosos, cuyos pasos resignifican y embellecen los míos con sus vidas, se unen a los míos, y se confunden sin dejar de distinguir la particularidad y hermosura de cada huella.
Gracias sinceras…
 
mæ – 19-01-2007
  PD. esas huellas que para ti pueden ser asimétricas, como las mías pueden serlo para mí, poseen la belleza de su singularidad y de su historia que es única. Y me llena de alegría verlas junto a las mías, ver que parten juntas a transitar este camino que puede parecernos ya conocido o recorrido, y sin embargo, se redescubre, resignifica y revaloriza gracias a las nuevas perspectivas del acompañante. Gracias otra vez…

Confesiones de éste interminable invierno

Descubrí que no ver una ventana –una salida, un escape- al comenzar cada día, me entristece profundamente. Creo que me está matando.

Hace más de un mes que no percibo más que sinsabores. Literalmente. Quizá sea explicitar el sinsabor que cotidianamente me acompaña, y aún cuando me esfuerzo y trato de imaginar los sabores, no logro nada.

Una tos seca me acompaña. Es la sequedad que habla de un vacío, de un agotarse allí nomás. Debilidad. Soledad inherente.

Mis defensas decaen, caen, decaen. Caigo.

Aunque llena de dificultades, y con varios obstáculos, sigo caminando. Sigo… caminando, cayendo, errando. Caminando.

mæ – 21-07-06

Por un instante logré sentir el aroma de un incienso. Fue un instante de gloria. Extrañaba sentir olores. Fue ese instante… espero poder rehabilitar mis sentidos pronto. Extraño sentir.

apuntes de viaje (I)

Sí, en el viaje emprendido me encontré con pasos muy diversos… entre divertidos, desesperados, extasiados, sedientos, tristes.., pero siempre distantes, ajenos, desconocidos; instantes en mi soledad siempre interrumpida e interpelada. Soledades compartidas, encontradas… desencontradas.
Finalmente, cada cual ha continuado su camino. Qué inesperados pasos habrán aguardado a cada uno tras despedirnos. Qué diferente cada paso, no salgo de mi asombro, aún cuando siempre prevea que el encuentro será todo un acontecer irreductible, inabarcable… inescrutable es el interior de cada uno. Qué mundo único se oculta en cada mirada, qué difícil acceder a él… imposible es recorrerlo en un instante, imposible aún en toda una vida.
Tras las primeras despedidas, mi marcha continuó solitaria por Valizas, este pueblito que por las noches puede hacer confundir las velas que iluminan el paso con las estrellas, donde no se sabe si se camina o se está volando, con rumbo y horizonte inciertos, aunque con pasos firmes y angustiados.
Cuando despedí a los caminantes encontrados, recordé la única diferencia entre caminar sabiendo que alguien aguarda al regresar, y entre no tener a nadie: en este último caso se camina más tranquilamente, con una agradable sensación de liviandad: sé que a nadie voy a encontrar, sé que nada espero.
Los pasos se sienten más ligeros y más nostálgicos también. En soledad, no pesan tanto los pasos, y al mismo tiempo, pesan demasiado: no hay quién ayude a alivianar la carga.
mæ – 17/01/2006, en Montevideo, Uruguay